Mar 14

Me miro en el espejo a los ojos y reconozco de nuevo en ellos ese brillo tan especial.
El universo crea y se recrea de nuevo a través de mí. La existencia tiene una nueva oportunidad, una nueva posibilidad de experimentarse desde y hacia el lugar donde todo es posible…
Dibujo con pintura una sonrisa en este vientre redondeado al saber que soy casa por tercera vez.
De nuevo una diosa en mí, en toda su expresión. Las mujeres siempre somos diosas, pero en este estado es más sencillo darnos cuenta.
Celebro esta vida, unida para siempre con la mía, que inicia y sigue, dentro de mí, su propio camino.
Percibo lo bien que me sienta esta sonrisa e intuyo que lleva luz a cada célula de mi ser y de este nuevo ser… Me propongo sonreírme y sonreírle a la vida en modo continuo y permanente, sin más motivo que agradecer y celebrar que soy portadora de vida y que me siento tan viva…
Quiero escucharme, respetarme y sentirme a cada excusa y oportunidad.
Decido que no pase día sin que ría, baile y cante… Lo elijo como elijo otros ingredientes nutritivos durante todo el camino del embarazo… Quiero usar esas poderosas herramientas de conexión y re conexión conmigo, con este ser que llevo dentro, con la vida y con la alegría de estar viva.
Toco y muevo mi cuerpo con y por placer y reconozco su sabiduría y su poder. Mi sabiduría y mi poder… La sabiduría y el poder de mi hijo…
Cada embarazo nos da la oportunidad de relegar lo mental o racional a un segundo plano. No lucho contra eso y le doy de nuevo a mi cuerpo, a mi intuición y a mis anhelos el poder y el lugar que merecen. Como cuando era niña.
Conocerme como mujer me abrió la puerta a descubrir que soy cíclica, llena de matices y riquezas únicas… Pura perfección para los ojos del corazón, que no conocen juicio o comparación.
El camino de la maternidad me abrió las puertas iniciáticas de la mirada amorosa también para conmigo misma…
Ser madre implica renunciar a algo de ti que renacerá de otra manera. Serlo por tercera vez sigue siendo el regalo de volver a crearme y expresarme de una forma distinta, más plena, más amorosa.
Sé que el camino del encuentro con este hijo que crece dentro de mí y con mi nueva forma de expresarme como madre, no empieza ni acaba con el parto. Decido no perderme ni un tramo del camino pensando en montañas…
Cierro mis ojos y coloco las manos en mi vientre.
Mis manos son extensiones de mi corazón. Las acerco como quien se coloca ante algo familiar y su vez extraordinario, Sagrado, milagroso…
Conecto con este ser receptivo de todo mi amor…
Sin palabras me fundo con esta criatura…
Sé que me escucha, que me siente…
Le cuento que, sea como sea, yo la amo.
Que desde ya y para siempre, confío plenamente en ella.
Que sé lo infinitamente poderosa y especial que es. Que voy a cuidar, día tras día, pegadita a su lado, para que no lo olvide…
Le cuento que sé que tiene a todo el universo a su favor para lograr todo aquello que anhele… Que la animaré a dar cada paso en esta vida guiada por su corazón. Sé que así, no encontrará fronteras.
He descubierto que el miedo y la desconfianza (en uno mismo, en la vida y los demás) crean muros.
Pero el amor y la confianza nos muestran que todo es posible.
Por eso le cuento que elijo acompañarla confiando en ella y en la vida.
Sé que ese es mi trabajo y mi regalo más valioso. Acompañar desde y hacia el lugar donde todo es posible. Respetando que son su corazón y sus pies los que nos guiarán en el camino.
Noto como se mueve en mi interior, me cuenta que está feliz, de simplemente ser, de sentirme. Me agradece este momento de unión. Siento como me sonríe y la abrazo por vez primera a través de mi vientre.