Los niños perdidos

Estamos sometiendo a los niños en una especie de sistema desvitalizante, que atrofia las cualidades verdaderas de que ya disponen, como la curiosidad o la propia capacidad para autorregularse.

Se desconfía de la sabiduría de los niños, como si por necesitarnos en su acompañamiento, tuviéramos que dirigirlos…

Vale, no son como otras especies animales que llegan a este mundo y son independientes, pero tampoco entendamos por ello que no saben, sobretodo que no saben sobre sí mismos y sobre lo que necesitan para estar bien.

Los niños, los bebés, son sabios.

A menudo tratamos de impedir que los bebés de esta sociedad se lleven a la boca nada natural.

Sus primeros contactos y experiencias sensoriales con el mundo se las da el “confiable” plástico. Rodeamos a nuestras crías con mordedores y chupetes sintéticos… Libres de todo peligro, pero a su vez tan pobres de información sensorial…

Sus bocas preparadas para recibir compleja información, de texturas y sabores, se queda limitada y desconectada. No les dejamos cerca una concha marina, una piedra de cantos redondeados, un trozo de la corteza de roble… A veces ni si quiera una pieza entera de fruta… Por miedo a que estos objetos estén sucios o puedan ser peligrosos…

Pero podríamos simplemente pasarlos por agua y permanecer a su lado, atentos a la nutritiva experiencia.

Tampoco les permitimos el contacto directo con la tierra… Nuestros bebés crecen “protegidos de gérmenes y suciedad” en cunas parque, alfombras y mantitas. Así, sin poder llenarse la boca y las manos de los regalos de la madre tierra, crecen aislados y con la falsa creencia de separación de la Naturaleza.

Y conforme pasan los años tampoco tienen muchas más oportunidades de contacto directo con ella… Las Escuelas cada vez están más rodeadas por cemento y alquitrán, que evita “engorrosos” charcos y “peligrosos” hoyos en los patios. Además los patios tienen “poco valor educativo” para los adultos, que programan y dirigen lo que creen que necesitan los niños…

Y qué decir de los modernos y asépticos parques que usan gravilla o una especie de pavimento blando, donde apenas cabe algún débil árbol…

“Estoy luchando con los alcaldes para que abandonen esa costumbre de construir parques para niños con columpios y toboganes. Los niños necesitan espacios donde, dentro de un clima de control social, ellos puedan hacen lo que quieran: pisar el césped, subirse a los árboles y jugar con las lagartijas.” Francesco Tonucci

Cemento y alquitrán y unos zapatos (bien protegidos con suela artificial) separan a los niños de la increíble e invisible vida que habita bajo ellos.

Pareciera que no interesa que se desarrolle la vida en los espacios destinados y preservados a la infancia…

Hay miedo. Lo vivo o “natural” nos preocupa. Por eso rodeamos de pesticidas “contra bichos” a hermosas criaturas diminutas y alejamos de los niños todo animal que no esté vacunado.

Pero sin embargo pretendemos enseñarles a los niños a respetar su entorno, a la Naturaleza que les envuelve, fuera y dentro de sí mismos…

Programamos que lo hagan desde nuestros centros escolares, desde un libro, el ordenador… o quizás desde una excursión a la granja o a un zoo.

Creemos que con eso es suficiente. Nos parece normal que pasen la mayor parte de la infancia entre espacios artificiales como la escuela, el parque y la tele.

Pero así no le espera a la Tierra un gran futuro…

¿Acaso no dicen que el roce hace el cariño?

Tan poco roce y poco contacto tienen con la Naturaleza, que pareciera un pariente lejano al que visitamos de vez en cuando…

Para nuestros niños no existe experiencia de admiración en propia piel, amando maravillados la vida que vibra en sus manos, con profundo respeto por lo que la Tierra regala y da.

La Madre Tierra necesita que nuestros niños la amen. Pero no obligados.

Los niños amarán la Madre Tierra y no permitirán que nadie abuse de ella… Pero primero necesitan “mancharse” de tierra negra y húmeda de bosque, de tierra roja junto al río… ¡Y no solo de arena en la playa! Necesitan trepar a los árboles y sentirse en casa sobre ellos.

También parecemos haber olvidado que la Naturaleza –y su sabiduría- está también dentro de nosotros, en el cuerpo humano (Ese que necesita sol, tierra, aire y agua más allá de la playa y la piscina)

Cuantas veces los adultos –sin darnos cuenta- nos encargamos de que los niños desconecten de sus cuerpos y dejen de guiarse por sus necesidades…

La feliz lactancia materna a demanda, donde el bebé sabía lo que necesitaba y nosotras sus madres confiábamos en sus señales, da paso a la comida sólida y a veces nuestra confianza se transforma en una lucha y una desconfianza en el niño y su capacidad para indicarnos lo que necesita…

Como si de leche materna fuera especialista, pero luego perdiese toda sabiduría.

Lo mismo nos pasa con la auto regulación térmica. Cuántas veces les abrigamos forzadamente, con la calefacción puesta, antes de bajar a la calle o invasivamente les quitamos la ropa a nuestro criterio. Sin esperar a que ellos tomen consciencia de lo que necesitan…

No respetamos, ni esperamos sus decisiones y sus ensayos. Nos anticipamos y les negamos conectar con su propia autorregulación…

También nos encargamos de que vayan en contra de sus biorritmos para dormir o simplemente descansar.

Esta sociedad tiene niños con cuerpos que son poco escuchados. Por los adultos que los acompañan y por ellos mismos…

Y así de desconectados de nuestra propia Naturaleza, pretendemos respetar la que nos rodea…

Hay adultos que llegados a este punto pueden decirme que sus hijos o sus alumnos no saben lo que necesitan si ellos no se lo indican.

Es cierto, existen “los niños perdidos”. Y son muchísimos en nuestra sociedad… Niños que han vivido toda una vida tan dirigida y controlada desde “a fuera”, que a estas alturas de sus vidas, sin indicaciones ajenas, no saben lo que necesitan y se encuentran, por ejemplo, abrigados cuando tienen calor.

Desconectados de si mismos, sumisos, aburridos sin saber a qué jugar, con la mirada puesta en el otro…

Capaces de enfriarse si no les pones la chaqueta o se la quitas…

De caerse en lugares que suponen un pequeño reto motriz…

Pues no han tomado nunca la responsabilidad de sus vidas ni de sus cuerpos…

Pero es tarea del adulto que les acompaña CONFIAR en ellos y CONFIARLES esa autorregulación.

Pues cada niño, desde la responsabilidad por su propio proceso, toma consciencia de lo que a él le fortalece o le debilita en cada momento.

Y es un proceso en continua transformación, no finito. Del mismo modo que vemos que va creciendo físicamente, así lo hace internamente también.

Yo sé que no están perdidos para siempre. 

Con profundo respeto y mucha paciencia adultos podrán volver a reconectarse consigo mismos. La Naturaleza sigue hablando sabiamente en sus cuerpos…

Y aunque no es sencillo aprender a escucharse desde una larga vivencia de desconexión, es lo que nuestro Planeta necesita.

Mi apuesta por una sociedad más consciente y respetuosa con la Tierra empieza por respetar a cada niño en su propia naturaleza.

Desde el acompañamiento consciente, los adultos tenemos en nuestras manos permitirles seguir en contacto consigo mismos y todo aquello que les rodea.

A veces imagino que llega el día en que los niños perdidos dicen basta.

Basta a esta sociedad que los tenía aislados de sí mismos y los regalos de la Madre Tierra.

Miran a los ojos a los adultos que les acompañan y se van saltando, para meterse sin botas de agua en charcos y ríos… Y llenarse de piedras milenarias los bolsillos… (Pues en ellos ya no hay una voz interiorizada adulta que habla todo el tiempo de suciedad, ni de enfermedad o peligro)… Y suben a longevos árboles para secarse y contemplar desde allí el cielo y guiñarle un ojo al sol, sabiéndose poderosos como dragones… Sabiéndose despiertos y profundamente unidos a todo lo que les rodea…

Es entonces que amarán la Tierra y que la Tierra estará en buenas manos.

 

Cristina Romero

 

4 Responses

  1. Esther Cerro Says:

    Pero Cristina!!! Es impresionante, cómo sintetizas de un modo tan transparte, tantas emociones y pensamientos que a menudo quedan en mí como frustraciones permanentes. Gracias por alumbrar, Cristina!! Seguim!

  2. Pamela Says:

    Qué inspirador! Me encantan tus posteos y la propuesta del libro! Me gustaría mucho tener un ejemplar para leer y mirar con mi hijita Cielo

  3. Janet Says:

    qué hermoso Cristina! gracias por este post!!!

  4. Laura Says:

    Gracias, Cristina porque pones palabras a cosas que he pensado yo muchas veces. Mi hija de un año se pone piedras en la boca y la gente me avisa y yo contesto “si le gusta mucho probarlas pero tranquil@ que no se las come porque ya sabe que no son para comer”. Y lo de abrigar también lo he pensado siempre, ya dirá el niñ@ si tiene frío o calor, no?
    Luego de mayores tenemos que hacer tantas cosas para reconectarnos.
    Muchas gracias por tu texto que comparto ahora mismo!
    Un abrazo,
    Laura

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